martes, 28 de mayo de 2013

NUEVA VELADA BARROCA EN EL AUDITORIO NACIONAL: "IMENEO", DE HAENDEL, EN VERSIÓN DE CONCIERTO



Imeneo, ópera seria en tres actos con libreto de Silvio Stampiglia y música de Georg Friedrich Haendel.— Dirección musical: Christopher Hogdwood.— Intérpretes: Renata Pokupić (Tirinto), Rebecca Bottone (Rosmene), Lucy Crowe (Clomiri), Vittorio Prato (Imeneo), Stephen Loges (Argenio).— The Academy of Ancient Music Orchestra and Choir.— Auditorio Nacional de Música de Madrid. Sala Sinfónica.— Domingo, 26 de mayo de 2013, 18:00 horas.

INTERESANTE oportunidad la que se ofreció a los aficionados en el que ha sido el último concierto operístico del ciclo "Universo Barroco", en esta temporada 2012-2013 que va concluyendo. Interesante digo, porque se presentó una obra muy poco programada —tan sólo 13 representaciones en todo el mundo durante el período comprendido entre el 1 de enero de 2011 y el 27 de mayo de 2013 (según datos de Operabase)— y no demasiado conocida de su prolífico autor, el célebre Georg Friedrich Haendel. Además se ha traído a Madrid servida por una de las agrupaciones más prestigiosas y especializadas dentro de este repertorio: la Academy of Ancient Music, del no menos reconocido Christopher Hogwood, uno de los mitos vivientes de este repertorio y auténtico artífice —junto al ya fallecido Leonhardt, Harnoncourt, Pinnock, Savall y algún nombre más— del revival "historicista" experimentado por esta parte del repertorio clásico. Gran oportunidad, por ende, para disfrutar de una velada que se presentaba como de gran interés por todas estas razones. Las expectativas, sin embargo, no quedaron cubiertas (para un servidor al menos), pues la representación —de gran nivel en lo orquestal— acabó convirtiéndose en un festival de vocecillas de jilguero, circunstancia que terminó influyendo de manera decisivamente negativa en el resultado final del espectáculo, pues comprenderán ustedes que una ópera con voces casi inexistentes se queda completamente coja, por muy buena que sea la prestación en el apartado instrumental. Pero enseguida hablamos de ello.



Imeneo fue compuesta por Haendel a partir de un libreto de autoría anónima que readaptaba un antiguo texto escrito por Silvio Stampiglia, quien fuera uno de los miembros fundadores de la Accademia dell'Arcadia. El argumento toma como base una variante tardía sobre el origen de Himeneo (dios grecorromano de las ceremonias matrimoniales), distinta a la leyenda mitológica habitual y según la cual se trataba de un joven de baja alcurnia que se enamoró de la hija del hombre más rico de la ciudad. Para poder estar a su lado siempre se disfrazó de mujer y la seguía por todas partes. Cuando ambos desfilaban con una comitiva de vírgenes organizada para celebrar los ritos de Eleusis fueron capturados por piratas. Himeneo se puso entonces de acuerdo con sus compañeras de cautiverio y organizó la fuga, matando a los piratas. Luego el muchacho se aseguró de que si lograba devolver a las mujeres sanas y salvas a Atenas desposaría a su amada. Cosa que consiguió sin ningún problema. Y el matrimonio fue tan dichoso que los atenienses instituyeron fiestas en su honor y asociaron el nombre de Himeneo a los desposorios.

Haendel en su madurez


La ópera, penúltima de las escritas por Haendel, fue compuesta entre 1738 y 1740, aunque no sería estrenada hasta finales de este último año (el 22 de noviembre), en el Lincoln's Inn Fields de Londres, donde gozó de otra representación el 13 de diciembre de ese mismo año. Posteriormente volvería a subir al escenario en Dublín dos veces más, el 24 y el 31 de marzo de 1742, con una partitura revisada para la ocasión. Se trata de una obra de circunstancias, correctamente realizada pero que carece del interés musical y dramático de otras composiciones del genial maestro de Halle. Además fue compuesta cuando el género de ópera seria italiana se hallaba ya en franco retroceso en Londres y el compositor había empezado a centrar su atención en el género del oratorio. Un argumento bastante simplón —que se reduce a la elección que una mujer debe hacer entre casarse con el hombre que ama (Tirinto), o con el que la ha rescatado de los piratas (Imeneo)— y una música no tan inspirada como en otras ocasiones —aunque no carezca de momentos llenos de la maestría que se espera de un genio en su madurez, así como de algún que otro experimento expresivo— hacen de Imeneo una obra que necesita obligatoriamente de buenas voces por parte de los solistas para conseguir un espectáculo completo y de verdadero interés. Por desgracia, y como ya dejé apuntado al comienzo de la reseña, no se dio el nivel vocal necesario para que la velada terminara siendo redonda. Y es una lástima, la verdad.

Christopher Hogwood


Christopher Hogwood y su Academy of Ancient Music volvieron a brillar otra vez con luz propia, demostrando el dominio absoluto que tienen sobre este repertorio y ofreciéndonos una lectura caracterizada por la limpidez absoluta del sonido, la homogeneidad y el equilibrio armónico y de texturas, muy típico de estas formaciones anglosajonas (y de las centroeuropeas), tan alejadas de otras interpretaciones con sonido más brillante, fantasioso y lleno de luminosa meridionalidad (como las que ofrece, por ejemplo, Il Giardino Armonico). Las cuerdas, concretamente los violines —imprescindibles en este repertorio—, estuvieron soberbias por empaste y homogeneidad, y otro tanto podría decirse de los claves para el bajo continuo, al frente de los cuales brillaron con luz propia Alastair Ross y Julian Perkins, en una labor que suele pasar desapercibida, pero que resulta fundamental en la música barroca.



En el terreno de lo vocal vamos a empezar por el Imeneo de Vittorio Prato, que aparecía en el programa de mano definido como bajo, aunque no entendemos por qué razón, pues su voz no tenía nada que ver con lo mínimo que se exige de esta tipología vocal: graves más o menos sonoros, centro rotundo y timbre en general oscuro. Pues bien, sólo muy tímidamente se dieron estas condiciones. Los graves eran inexistentes, el centro tenía color y sonoridades más propias de un barítono y el agudo apareció blanquecino y sin apoyo. Pasó prácticamente inadvertido (al menos para un servidor) incluso en piezas tan características para su tipo de voz como son "Di cieca notte allor", o "Esser mia dovrà", por no hablar del magnífico y largo terzetto que cierra el acto II, donde se oyó prácticamente sólo a la Rosmene de la Bottone (de quien hablaremos enseguida). En resumen: muy poca entidad vocal para apechugar con el protagonista (aunque bien es verdad que tampoco estamos ante un rol del otro mundo y que tampoco está pensado para un bajo profundo: de hecho, originalmente Haendel pensó el papel para tenor y escribió algunas partes del principio para este tipo de voz).



No mucho mejor fue el Argenio del bajo (o bajo-barítono) alemán Stephen Loges, dueño de una voz algo más oscura que la de Prato, pero que no aportó especialmente nada interesante en su lectura del viejo padre de Clomiri. De hecho, las pasó canutas en el aria "Su l'arena di barbara scena", desplegando una batería de graves muy, muy débiles y cerrando la pieza con un Fa1 (en la última sílaba de la frase "poi si ferMA") que sonó de todo menos rotundo y guarnecido: una nota estrangulada, abierta, sin empastar y totalmente salida de la gola.



En el campo femenino la cosa no anduvo tampoco demasiado sobrada, la verdad. El Tirinto de la mezzo croata Renata Pokupić —un papel escrito originalmente para alto castrato y que debería haber interpretado el contratenor David Daniels (que, según se podía leer en la página del CNDM suspendió por "problemas personales")— tuvo escaso empuje, aunque no careció de acentos y estilo adecuados. Pero aunque la voz era bonita, estaba timbrada y poseía sonoridades aterciopeladas, sin embargo carecía de proyección (especialmente en los graves), por lo que se hizo muy difícil escucharla en condiciones. Fue la intérprete más aplaudida, pues tenía a su cargo dos verdaderas golosinas como son "Sorge nell'alma mia" (un pezzo di bravura que estuvo entre lo más premiado por el respetable) y la reflexiva y grave "Pieno il core di timore", aria larguísima (y un poco aburrida) que cubrió, por duración, buena parte del breve acto III. En ambas estuvo Pokupić bastante convincente, pero es lástima que su voz no tuviera el suficiente volumen y la consistencia requerida para transmitir todo lo que ambas arias encierran y reclaman (especialmente la fiereza y la desazón descritas en la primera, y que aparecen perfectamente recreadas en esta lectura, debida a la excelente Ann Hallenberg, o en esta otra, de la no menos buena Joyce Di Donato).



El papel de Rosmene —objeto de todos los desvelos amoros por parte de los pretendientes Imeneo y Tirinto— fue asumido por la soprano Rebecca Bottone, cantante poseedora de un instrumento levísimo, de soprano muy ligera que, al menos, consiguió hacerse oír algo mejor que otros de sus compañeros. De todas formas la blancura de la voz, la falta de terciopelo y la ausencia de armónicos dieron como resultado una línea de canto poco atractiva, plana y sin brío. La ligereza del instrumento, no obstante, le permitió salvar sin ningún problema las agilidades incluidas en su aria de comienzos del acto III, "In mezzo a voi due".



Junto con el Tirinto de Pokupić podríamos decir que fue la Clomiri de la Lucy Crowe la parte vocal más interesante de toda la velada (y, desde luego, la solista a la que mejor se oyó de todos los que cantaron). La llamativa soprano británica lució un instrumento de lírico-ligera, con buena proyección, más volumen que su compañera de cuerda y una línea de canto aceptable, pero poco idiomática (se notaba su origen anglosajón). Lo peor estuvo en el timbre (no demasiado agradable y con un punto de fijeza o frialdad) y en una zona aguda donde la voz parecía abrirse y sonar desabrida. Tímidos aplausos en su aria "V'è un infelice" —que fueron rápidamente acallados por esos imbéciles a quienes les gusta chistar a los demás— y recompensa merecida en "E sì vaga del tuo bene" y "Se ricordar ten vuoi", que pusieron fin a sus intervenciones más destacadas.



En resumen: velada muy desigual y desilusionante desde el punto de vista vocal. Si algo se salvó fue gracias a la prestación de Hogwood y de sus huestes, que volvieron a demostrar su valía en este tipo de música. No obstante, el público aplaudió enfervorecido (y casi a rabiar) al finalizar el espectáculo, imagino que por los irrefrenables deseos contenidos antes —de ahí lo de no dejar aplaudir a quien sí lo deseaba durante la representación— y ante el hecho, sobre todo, de verse arrastrado por la fama del conjunto orquestal, de su director y por la buena prestacion que ambos ofrecieron. No sería por las voces, desde luego, que como ya digo estuvieron bastante lejos de lo ideal.

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